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Sobre el conflicto... al final de la vida

Fuente: Acompa├▒ando al final de la vida.
7 del 10 de 2017

Es esta una historia ficticia. Pero tristemente, a veces, y solo a veces, se parece mucho a la realidad.

Existe una enfermedad. Nadie desea su presencia, pero está ahí, nos guste o no. De hecho, ya estaba hace tiempo, pero no se le había prestado atención, hasta que los síntomas han puesto al enfermo (y a su entorno) contra las cuerdas.

Hay una persona enferma, que necesita nuestra ayuda y protección, ser acompañada y guiada, para sobrellevar la enfermedad de la mejor manera posible. 

Esa persona enferma convive con unos familiares. La presencia de la enfermedad les genera ansiedad, temor, no saben cómo comportarse, y optan por la negación como mejor autodefensa. Aceptar la existencia de la enfermedad, y de lo que puede conllevar, cambiando la vida del enfermo y de ellos mismos en un futuro más o menos cercano o lejano, resulta inaceptable, insoportable. Y actúan como si nada sucediera. Y establecen la ley del silencio. Nadie debe decirle al paciente la verdad. Desde su perspectiva limitada por el miedo, no ven otra solución. Mentir. Y obligar a mentir.

Esa persona enferma es atendida por unos especialistas. La enfermedad les mueve de forma unidireccional a combatirla. Esa es su única meta, y a ella se dirigen. Y pese a las mínimas posibilidades de éxito, optan por un tratamiento radical. Cuentan con que el paciente soportará los durísimos efectos secundarios, cuentan con su colaboración. Pero le ocultan la verdad, no le dicen que las probabilidades de curación son escasas, ni le explican lo mucho que le hará sufrir ese tratamiento. Dan por hecho que es el único camino. Ellos lo ven así. Y no les importa que tras su probable fracaso el campo de batalla que ha sido el paciente quede como un páramo. No lo contemplan.

Esa persona enferma también es atendida (aunque tarde) por un equipo de cuidados paliativos. El médico sabe de sobras que la negación de la enfermedad en forma de una barrera de mentiras será desastrosa para el paciente. Sabe también que el tratamiento heroico no solo es fútil, sino que va a liquidar las posibilidades de una vida de calidad. Trata de mediar, pero no le escuchan, porque familiares y especialistas están parapetados en sus propios temores e ideas preconcebidas. 

La prioridad siempre ha de ser el enfermo

Intenta explicar a los familiares que es mejor hablar con honestidad, con naturalidad, que hacer ver que la enfermedad no está no la hará desaparecer. Pero no le escuchan. Incluso uno de los familiares se erige en portavoz, aunque no expresa el sentir de todos ni probablemente de la mayoría de los familiares, y amenaza al médico de que si habla con el enfermo y le dice la verdad lo denunciará al colegio de médicos por mala praxis. El médico sabe que además de la impuesta ley del silencio hay otra ley, que le ampara para informar al paciente, que tiene el derecho a saber, y a no saber si no lo desea. Pero también sabe que la ley no se debe aplicar así como así y sin miramientos, sino de forma responsable, porque lo principal es proteger al enfermo sin causarle daños innecesarios.

Intenta hacer ver a los especialistas que tal vez es el momento de parar, y hablar de verdad con el paciente. Pero no es comprendido, sino que es acusado de interferir en su tarea de salvarle la vida al enfermo, y de quitarle su única esperanza. No les importa que esa esperanza no esté fundamentada. O no lo ven, porque ellos mismos necesitan agarrarse a ella para no tener que aceptar lo que sienten como una derrota.

Y el enfermo se ve atrapado entre dos frentes sordos y ciegos, cada uno de los cuales hace lo que cree que debe hacer, actuando sobre él, pero sin contar con él. Y sufre, sufre cada vez más, no solo porque, entre tanto, y pese a la negación de unos y la huida hacia delante de los otros, la enfermedad sigue ahí, avanzando, sino que sufre porque está aislado, porque le toman por un incapaz cuando no lo es, porque solo miran a una parte de su persona (la enfermedad física) pero ignoran a esas otras partes que la integran y a las que no se les presta atención alguna, y porque quienes deberían velar por él y por su bienestar lo manejan según lo que ellos consideran y lo dejan solo con sus miedos.

Y el equipo de cuidados paliativos se ve impotente, y hace lo que buenamente puede para confortar al enfermo y hacer entender al resto que hay que hablar, comunicarse, escuchar, porque es el único modo de ayudarle de verdad, y buscar el mejor modo de afrontar de forma realista y posibilista la enfermedad. 

Y el enfermo, en medio de la soledad y la incomprensión, aliviada únicamente por quienes tratan de poner algo de sentido común y auténtica empatía humanizadora en tan difícil situación, ve como le empujan al abismo entre mentiras y fantasías. Y a él se dirige, como un autómata, resignado ante lo inevitable, mientras piensa que él solo deseaba vivir la vida que le quedara, y vivirla en paz.


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