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- LA INCREÍBLE HISTORIA DE MARCOS RODRÍGUEZ PANTOJA -

Fuente: Senén Campos Maceiras.
31 del 10 de 2010

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Allí se hizo amigo de lobos, zorros, águilas y culebras y sobrevivió con lo puesto durante 12 años. Ahora tiene 64, se llama Marcos Rodríguez y su vida acaba de ser llevada al cine. Antes del estreno, El «niño lobo» habló en exclusiva con «XLSemanal».

, ¡desde toda la vida!. Los lobos eran mi familia. La serpiente, mi médico. Yo besaba a las águilas. La zorra se acurrucaba a mi lado en las noches de tormenta. Asistí en el parto a una rata muy grande... Estas frases son extractos de una historia extraordinaria, la de un niño, que hoy tiene 64 años, llamado Marcos Rodríguez Pantoja, abandonado en plena Sierra Morena cuando apenas tenía siete. Allí vivió otros doce, hasta que una pareja de la Guardia Civil, advertida por un guardabosques ojiplático, lo devolvió al mundo de los humanos, donde «las fieras - sentencia Marcos - son mucho más despiadadas», y ya nunca regresó. Su infancia y sus indómitos amigos quedaron atrás. Pero al verlo alzarse a las rocas con simiesca agilidad, aullar como los lobos, gruñir como los jabalíes o imitar el canto de la perdiz, es evidente que una parte muy profunda de Marcos todavía permanece allí, entre lobos. Tal y como ha titulado el director Gerardo Olivares su película, Entrelobos (estreno el 26 de noviembre), basada en los años que Marcos vivió sin contacto con los humanos. «Aquéllos fueron los días más felices de mi vida», asegura Marcos con su zigzagueante acento andaluz.

, en una familia pobre de solemnidad, cuenta a su manera, con hablar atropellado, salpicando de salvajes y terapéuticas carcajadas los pasajes susceptibles de ensombrecer el relato: que al morir su madre él tenía tres años, que su padre entregó a sus dos hermanos mayores a unos parientes y que ambos se fueron a vivir a la cercana Cardeña con otra mujer. «Yo recogía carbón con mi padre, y mi madrastra, si no juntaba un saco de bellotas cada día, me pegaba y me mandaba a dormir a la calle. Yo me iba a la posada, dormía en los pesebres de los burros y me comía su cebada.» Marcos se detiene, como si acabara d e desenterrar un recuerdo que lo abruma. Ríe por no llorar y habla hacia el suelo, incrédulo: «¡Joer, joer!». Por experiencias como ésta, explica, no le costó mucho hacerse a la vida en Sierra Morena. «Me adapté rápido porque allí los animales me trataban mucho mejor de lo que nadie me había tratado nunca.»

, en realidad, le dio un dinero a su padre y se llevó con él a Marcos. «En su casa comí hasta hartarme y por la noche me llevaron al monte. Me dejaron con un viejo que cuidaba un rebaño de cabras y se fueron. No sé cuánto tiempo pasé con él, pero aquel hombre era tan salvaje casi como yo a lo último. Yo lo seguía a todas partes, era el único cariño que tenía, pero si me arrimaba mucho a él me atizaba. Y a mí ya me habían golpeado bastante como para dejar que me siguieran pegando - lo dice alzando los ojos, rotundo, como si recordara una lejana promesa hecha a sí mismo-. El viejo era medio ciego, no sé si pensaba que yo era alguna clase de animal raro, pero me trataba como tal. ¡Si para comer me tiraba la carne desde lejos! Claro que yo también era un poquillo malo. Me escondía en una mata y, cuando él pasaba, le tiraba de la barba, que era blanca y muy larga.»

, un hombre que durante años se olvidó del transcurrir del tiempo, pasaron rápido. «Un día, de pronto ya no lo vi. Se fue y no regresó a nuestra cueva.» ¿Y no lo echaste de menos, Marcos? Su respuesta arranca a carcajadas. «Vamos, hombre, yo me quedé en la gloria, como el rey de la selva.» Y se ríe con más ganas todavía.

«Por los pájaros, yo sentía que alguien andaba cerca y me escondía. Ellos sabían de mí, veían que todo estaba bien, cogían los cabritos y se iban. Nunca hablé con ellos. A lo mejor me veían, de vez en cuando, desde lo alto de la sierra, como me vio el guardabosques que me descubrió al final. Yo me escondía porque, para mí, el mundo de los hombres era el de las palizas que siempre había recibido. Mi familia eran los lobos, pero mi mejor amiga era una culebra que vivía conmigo. Había algunos zorros, las águilas... Nunca en mi vida había estado tan bien.» La mirada es el espejo del alma, dicen. Marcos no recuerda cuántas veces habrá contado sus historias de lobos, zorros, águilas y culebras. No le importa, aquel recuerdo todavía genera una chispa en sus ojos.

Pues un día me puse a jugar con unos cachorrillos y jugando, jugando, entré a su cueva y, cansado como estaba, me quedé dormido. Al rato me despertó la madre, estaba así mirándome [aprieta los dientes y gruñe]. Yo me iba echando hacia atrás, contra las paredes de la cueva; ella, furiosa y los lobillos, como si nada, queriendo jugar conmigo.» Marcos se ríe al recordarlo, sus carcajadas asustarían al más sanguinario macho de la manada; un contagioso estruendo al que acompañan todos los músculos de su rostro; los labios se estiran, los ojos se tensan. De niño, asegura él, practicó el arte de la risa con los animales. «Yo cogía los peces en el río, los tiraba a la orilla, ellos me los escondían y se reían de mí hasta que los encontraba.» Así lo cuenta Marcos y se queda callado, como si quizá sintiera que ha hablado más de la cuenta o tal vez esperase la inevitable pregunta. ¿Dime, Marcos, cómo se sabe que un animal se ríe? «Se nota.» Lo afirma, más serio que un águila imperial, y hace un sonido que debe de ser un lobo riéndose. Y Marcos, que habla de forma no lineal, retoma su relato.

, sus cachorros queriendo jugar conmigo, y en esto que llega el padre arrastrando un ciervo. La madre, entonces, me deja y empieza a cortar carne para sus hijos. Uno de ellos se pone a comer cerca de mí y yo, ¡con un hambre!, ¡yiaaapa!, se lo quito. Pero, claro, se acerca la loba [gruñe], me arrea un guantazo que no veas, suelto la carne y me vuelvo a pegar a las rocas. No me quitaba ojo; los cachorrillos, cerca, y yo: «¡Despídete, chaval! ». De pronto se va para la pieza, coge un trozo, lo deja en el suelo y me lo va acercando con el hocico. Muy despacito, lo cogí y ahí, arrinconadito, empecé a comer. Pegué un bocado y ella, mirándome, otro bocado y su mirada fija; poco a poco voy comiendo y, al rato, que viene hacia mí: ¡Oy, oy, oy, oy! [se tapa la cara con los brazos]. Me eché a llorar y, ¡no!, empezó a lamerme. A partir de ahí ya fui uno más de la familia, entraba a la cueva, cazábamos juntos, aprendí a aullar y venían cuando los llamaba [lo ilustra con una demostración]. Los cachorros conmigo, ¡no veas!, como hermanos. Llegó un momento en que el jefe de la manada era yo. A diferencia de ellos, usaba mis manos y pensaba.»

Marcos en ningún otro momento de su vida ha conocido esa sensación de superioridad. No lo hizo antes de conocer la vida salvaje, tampoco después, en años de trabajos mal pagados - «he sido cocinero, camarero, albañil, encofrador, pintor, empapelador, incluso chulo en un bar de alterne» -, noches a cielo abierto o en pensiones de patrona generosa, y de deambular desde el convento de monjas donde reinició su vida entre los humanos, pasando por el servicio militar en Sevilla [fue expulsado por casi cargarse a un teniente mientras hacía guardia], o sus años en Palma de Mallorca o en la Costa del Sol.

, tiene un techo seguro y un compañero estable: Manuel, un policía retirado al que conoció hace 15 años en Fuengirola, donde Marcos dormía al raso y ejercía como vigilante de un par de discotecas. «No me pagaban un duro - subraya, tensando sus manos de gruesos y torcidos dedos -. Todo el mundo se ha aprovechado siempre de mí», sentencia. Desde hace una década vive en una pequeña aldea de Orense, en casa de Manuel, que se quedó viudo y, para combatir la soledad en su retiro, lo invitó a compartir su vida. A Manuel, Marcos lo llama «jefe», el ex policía se incomoda. «En diez años no he conseguido que deje de llamarme así, ya no le digo nada», confiesa sonriendo Manuel bajo su gorra, sus gafas, su perilla blanca, su aire de anciano bonachón. Debe de ser porque Marcos, lejos de los lobos, siempre ha precisado de una autoridad, un guía para ayudarlo en este mundo que él siente hostil.

, Marcos no las tuvo todas consigo. «Con todo lo que me han engañado, no quería que me liaran más», admite. Olivares no sólo lo convenció para que le dejara contar su historia, consiguió también que se interpretara a sí mismo ante la cámara. Ahora, Marcos sólo desea mostrar «su» película a sus amigos, los que ha hecho estos años en su aldea de Galicia.

 

 



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