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Cosas que pasan

Fuente: AdelaVilloria.
20 del 2 de 2018

Dijo que se llamaba Laura.

Pero eso lo dijo después, cuando ya le había hecho las preguntas importantes.

Yo hab√≠a bajado a los aseos de la estaci√≥n, y, en la puerta, un guardia de seguridad me dijo que me fuera al ba√Īo que hab√≠a en el otro extremo. Me cort√≥ el paso mientras volv√≠a la cara hacia una chica joven, muy joven y muy p√°lida, que estaba tumbada en el suelo. Me fij√© sin darme cuenta en eso, en que era joven y estaba p√°lida, y se proteg√≠a la tripa con la mano izquierda, en la que llevaba tambi√©n el m√≥vil. Se quejaba lastimosamente, se balanceaba un poco hacia los lados y no estiraba las piernas.

Obedec√≠ por inercia, y porque, a menudo, se me olvida que soy m√©dico y lo que los dem√°s esperan de un m√©dico. Y porque asum√≠ que el guardia era la autoridad y ten√≠a todo controlado. Pero volv√≠ a los pocos minutos. Ya hab√≠an puesto una barrera para evitar que la gente siguiera bajando hasta all√≠ y, en lugar de un segurata, hab√≠a tres, hablando entre ellos. Volv√≠ porque pens√© que quiz√°s la chica necesitaba ayuda. Pens√© en la hija que no tengo, en el hijo que tuvo un ataque de apendicitis en el extranjero, en el sobrino que tuvo una salmonelosis solo y lejos de casa, pero, sobre todo, pens√© en el trato fr√≠o y distante, profesional pero absolutamente falto de empat√≠a que hab√≠a demostrado el segurata. Porque no estaba agachado junto a ella, tratando de tranquilizarla; estaba de pie, tapando la puerta, asegur√°ndose de que nada se le descontrolara mientras la chica ga√Ī√≠a como un perro maltratado.

En cuanto traspas√© la barrera, los guardias dejaron de hablar y me echaron el alto. El ba√Īo estaba cerrado, dijeron. Y yo respond√≠ con calma que ya lo sab√≠a, pero es que yo era m√©dico (lo dije como disculp√°ndome por el atrevimiento) y cre√≠a que pod√≠a ayudar. Uno de ellos, el m√°s alto y el m√°s rubio, y tambi√©n el m√°s imb√©cil, me pregunt√≥ si llevaba alg√ļn tipo de acreditaci√≥n encima y a m√≠ me pareci√≥ que el tono era un poquito desafiante. Por eso me estir√© un poco para decirle ‚Äú¬°pues claro!‚ÄĚ de la misma manera en que podr√≠a haberle preguntado si era idiota. No hizo falta sacar el carnet porque el compa√Īero, con m√°s sentido com√ļn, me pidi√≥ que pasara y se acerc√≥ conmigo.

Laura, todav√≠a sin nombre, segu√≠a en el suelo, la piel como el m√°rmol, quej√°ndose y respirando apresuradamente, con la respiraci√≥n superficial que intenta no mover el abdomen. A su lado, agachada, ahora s√≠, estaba una mujer, tambi√©n guardia de seguridad. Casi sin darme cuenta, como un aut√≥mata, las preguntas comenzaron a fluir, desde cu√°ndo, c√≥mo, d√≥nde te duele, se te pasa en alg√ļn momento, has ido al ba√Īo, tienes la regla, est√°s embarazada‚Ķ las preguntas t√≠picas para hacerme un mapa de probabilidades, y mis manos c√°lidas retiraron una mano g√©lida y temblorosa y empezaron a palpar. El guardia que hab√≠a permitido mi entrada, se alej√≥, respetuoso, mientras la guardia sigui√≥ agachada junto a la chica.

Después de la primera evaluación ya sí, le retiré de la frente el cabello mojado por el sudor, le cogí la mano para que sintiera que no estaba sola y le pregunté cómo se llamaba. Alguien dijo que el SAMUR estaba a punto de llegar, y, mientras tanto, la llamé por su nombre y le pedí que estuviera tranquila.

Efectivamente, los del SAMUR llegaron en seguida. Me aparté un poco para dejarles sitio y paciente;  es cuestión de escalafón. Tres personas de golpe es una multitud, y los maletines ocupan muchísimo, aunque ellos no llevaban maletines, ni silla para traslado, ni camilla de cuchara, ni nada… Llegaron con sus chalecos reflectantes y los ojos de mirar, que lo mismo no es nada.

El t√©cnico se agach√≥ inmediatamente y empez√≥ a hablar con ella. El m√©dico se qued√≥ de pie, mirando desde arriba y mir√°ndome a m√≠ un poco inquisitoriamente y yo me sent√≠ en la obligaci√≥n de justificar de nuevo por qu√© estaba all√≠. ‚Äú¬Ņy, qu√©?‚ÄĚ, pregunt√≥ el del SAMUR como si me pidiera cuentas. Lo puse al d√≠a inmediatamente, le dije qu√© le pasaba y desde cu√°ndo, c√≥mo era el dolor y la falta de otros s√≠ntomas, la taquicardia y la vaga resistencia que hab√≠a encontrado al palpar y d√≥nde la hab√≠a encontrado, la ausencia de embarazo y de regla‚Ķ √Čl puso cara de estar de vuelta de muchas cosas, y, sin cambiar de postura, pero levantando levemente las cejas, dijo algo de la regla. Me pareci√≥ que solo le falt√≥ a√Īadir ‚Äúclaro, cosas de mujeres‚Ķ‚ÄĚ Y yo dese√© que le doliera a √©l, que ojal√° le diera un retortij√≥n que lo doblara por la mitad para que se le bajaran esas cejas presuntuosas.

Me enojó tanta displicencia, la del médico del SAMUR y, antes, la del segurata, tanta falta de empatía, tan poca sangre en las venas.  Me enfadé, pero solo dije que no, que parecía un ataque de apendicitis o un quiste de ovario. Me volví hacia Laura, inmóvil y dolorida, y volví a llamarla por su nombre para decirle que me marchaba. Quería que sintiera que ella era alguien importante para alguno de los que estábamos allí, al menos, para mí.

Al pasar de nuevo la barrera que imped√≠a el acceso a los ba√Īos, hab√≠a un corrillo de seguratas y polic√≠as. El rubio y alto interesado en acreditaciones le dec√≠a a otro ‚Äúse ha quedado una se√Īora que es m√©dico con ella. Menos mal‚ÄĚ, y¬† me mir√≥ al pasar y otros saludaron tambi√©n. Yo pens√© que el que es imb√©cil no se conforma con demostrarlo una vez, e insiste e insiste‚Ķ y me limit√© a sonre√≠r con la m√°s ir√≥nica de las sonrisas ir√≥nicas de mi cat√°logo personal.


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