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Sesión 14. Eso te lo cuento yo.

Fuente: Eva Harrington era rubia.
19 del 5 de 2013

Si en el ejercicio anterior ten√≠ais que convertir un cortometraje en relato, en este vais a tratar de hacer lo contrario. El relato corto de Ernest Hemingway es uno de los ejemplos m√°s destacados de cuentos que han dado lugar a cortometrajes, hay decenas de ellos. Entre estos se encuentra el dirigido por los rusos Andrei Tarkovsky, Aleksandr Gordon y Marika Beiku en 1958.




Siguiendo el ejemplo de  ten√©is que tomar un relato y transformarlo de manera que cuente lo mismo pero en forma de di√°logo, el narrador s√≥lo debe aparecer para especificar qui√©n habla.

Practicar la forma de escribir di√°logos.




Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.

Eduardo los acompa√Īaba al principio. Despu√©s emprendi√≥ un viaje a Arrecifes por no s√© qu√© negocio; a su vuelta llev√≥ a la casa una muchacha, que hab√≠a levantado por el camino, y a los pocos d√≠as la ech√≥. Se hizo m√°s hosco; se emborrachaba solo en el almac√©n y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristi√°n. El barrio, que tal vez lo supo antes que √©l, previ√≥ con alevosa alegr√≠a la rivalidad latente de los hermanos.

Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:

-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.

El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.

Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabr√° los pormenores de esa s√≥rdida uni√≥n, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no pod√≠a durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discut√≠an la venta de unos cueros, pero lo que discut√≠an era otra cosa. Cristi√°n sol√≠a alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban cel√°ndose. En el duro suburbio, un hombre no dec√≠a, ni se dec√≠a, que una mujer pudiera importarle, m√°s all√° del deseo y la posesi√≥n, pero los dos estaban enamorados. Esto, de alg√ļn modo, los humillaba.

Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.

Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.

En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la ma√Īana (que tambi√©n era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al re√Īidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero sol√≠an incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de a√Īo el menor dijo que ten√≠a que hacer en la Capital. Cristi√°n se fue a Mor√≥n; en el palenque de la casa que sabemos reconoci√≥ al overo de Eduardo. Entr√≥; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristi√°n le dijo:

-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.

Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.

Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame soluci√≥n hab√≠a fracasado; los dos hab√≠an cedido a la tentaci√≥n de hacer trampa. Ca√≠n andaba por ah√≠, pero el cari√Īo entre los Nilsen era muy grande -¬°qui√©n sabe qu√© rigores y qu√© peligros hab√≠an compartido!- y prefirieron desahogar su exasperaci√≥n con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que hab√≠an tra√≠do la discordia.

El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:

-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.

El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.

Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:

-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.


Entre una y dos p√°ginas.


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