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‘Las guerras civiles. Una historia en ideas’

Fuente: despuesdelhipopotamo.
18 del 7 de 2018

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“” Decidido a expulsar a los romanos de su patria, Reg, el líder del Frente Popular de Judea, pregunta: Cuando sus seguidores enumeran la herencia de la civilización romana, Reg insiste:

colándose en este gag inolvidable de ‘. “escribe el historiador británico en ”. La ‘stasis’ griega precedió a la ` ´ romana, pero compararlas es imposible, esencialmente, por una cuestión de escala.

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Poco tienen que ver los conflictos internos de las polis griegas con las grandes guerras que destruyeron la República romana. La primera referencia escrita conservada es de un discurso de Cicerón del 66 a.C, y aunque César dedicó un libro a la guerra que le llevó al poder su título fue muy posterior. Acostumbrados a masacrar al enemigo, los romanos sabían que en esta guerra la victoria se lograría matando a padres y hermanos. “, como si  así dejase de existir.

Con la llegada del Imperio, la guerra civil sería la enfermedad de la República; con la del Cristianismo, el pecado de los impíos. Esta visión de la guerra civil como el mal del enemigo continuó en la Europa Moderna, cuando los republicanos la atribuyeron a las monarquías absolutas. Si la revolución (útil) aún tiene un halo de idealismo y esperanza, la guerra civil (estéril) se vincula a una violencia absurda. Y, sin embargo, invitándonos a revisar tanto la Guerra de Independencia de EE.UU. como la Revolución Francesa.

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, aunque no siempre sus contendientes lo admitieran. La estadounidense (1861-1865) no se definió oficialmente así hasta 1907: los derrotados confederados se sentían ciudadanos de otra nación. Y en los relatos inmediatos de la española, vencedores y vencidos solo coincidieron en negar lo que fue. Aunque la definición oficial de la peor de las guerras (“”) sea más clara en la teoría que en la práctica, Armitage sentencia: vivimos en “”.

David Armitage. Alianza. Madrid, 2018. 320 páginas, 20,90 euros.

 


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