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Lejos de casa, novela

Fuente: VIVIANA MARCELA IRIART Escritora.
27 del 9 de 2012





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"Y estamos marchando todavía en las calles
con pequeñas victorias y grandes fracasos
pero hay alegría, hay esperanza
y hay un lugar para ti."




Hay un aeropuerto llamado Ezeiza.
Hay otro llamado Simón Bolívar.
Entre los dos media un camino muy largo llamado exilio.
Vivo en un país que no es mío.
Vengo de un país que alguna vez creí mío pero no era cierto.
Vivo sobre la tierra no sobre un mapa.
Y con la gente no con sus pasaportes.



“Sí, yo estaba ahí el 17 de mayo de 1979 y claro que recuerdo lo que sucedió. Lo recuerdo muy bien porque nunca antes yo había participado en algo así y no lo puedo olvidar. Es más, a veces he tenido pesadillas. Sueño que levanto la mano izquierda para despedir a alguien y que entonces ¡zas! me la cortan de un hachazo.

No es agradable, no, pero bueno, yo estaba ahí haciendo el servicio militar y me había tocado la zona del Aeropuerto de Ezeiza, aunque para ser más precisos, estaba exactamente en la alcabala que la Fuerza Aérea tiene en la ruta que va al Aeropuerto, ¿la conoce? Bueno, ahí estaba yo.

Ese día era un lindo día, sí, jueves si no me equivoco, con mucho sol, y como a eso de las nueve y media de la mañana sentimos un gran alboroto de sirenas que se acercaban en dirección a nosotros. Pude distinguir tres autos que avanzaban a gran velocidad. Uno de ellos, el primero, era de la Policía Federal e iban en él tres hombres. Entre éste y el último, que también era de la policía pero sin inscripciones, de paisano que le dicen, había otro.

Era un Ford blanco y por la chapa supe que era de algún diplomático y ahí había cinco personas: cuatro hombres y una piba. Yo estaba mirando todo desde adentro de la alcabala cuando escuché los gritos. Los de la Federal siempre andaban matoneando y ese poli no era la excepción, aunque los de la Fuerza Aérea... en fin... yo escuché que el poli decía que era una misión muy delicada, emanada directamente desde la Junta, y a mi cabo gritando aún más fuerte que por más misión especial que fuera ellos no pasaban sin que él y “sus” muchachos los escoltaran. El cabo era muy joven, 22 o 23 años le calculaba yo, y el poli andaba por los 40 y se tuvo que comer la humillación. Finalmente llegaron a un acuerdo.

Cinco de nosotros partimos al frente de la caravana en un camión. Yo y dos de mis compañeros íbamos sentados en la parte de atrás, con los pies colgando fuera del camión y las ametralladoras ligeramente apuntando a los autos que nos seguían. Ordenes son ordenes y en el servicio militar nada se discute. Estábamos a mediados de otoño y el solcito pegaba lindo, sí, y yo me sentía feliz de que me hubieran elegido para la misión. Uno se harta de estar ocho, diez horas de pie en una alcabala, controlando todo como si realmente la historia fuera a pasar por ese pedazo de carretera vieja.

Todavía faltaba un buen trecho para llegar al aeropuerto, así que tuve tiempo de observar con calma a las personas que iban en el Ford blanco, aunque no los veía muy bien. Tres de los cuatro hombres eran morochos, de pelo negro; el cuarto no, era rubio, de tez blanca, joven. Este iba sentado en el asiento de atrás, a su lado iba la piba y al lado de ella un señor mayor. Ella tenía una cara muy triste y parecía muy joven, no le calculaba más años que los míos, que estaba por cumplir diecinueve. Los hombres que iban atrás hablaban mucho entre sí, gesticulando, y a veces se notaba que le preguntaban o decían algo a ella, que respondía brevemente y a veces sonreía. Me hice todo tipo de conjeturas respecto a lo que estaba sucediendo, pero jamás hubiera imaginado que la misión era esa misión.

Finalmente llegamos al aeropuerto. El cabo bajó muy rápido y se fue hacia el edificio gritando que controláramos todo muy atentamente. Yo no entendía nada. Mientras él se iba el poli se acercó al segundo auto y, pasando la mano por la ventanilla, se despidió de todos los hombres pero de la piba no. Ella lo miraba fijamente mientras él extendía su mano hacia un lado, sonreía, hacia el otro, volvía a sonreír.

Cuando se bajaron del auto pude ver todo mejor, aunque brevemente porque ella y los cuatro hombres se fueron inmediatamente hacia el edificio. Ella tenía el pelo largo y lacio, casi le llegaba a la cintura. Era pequeña de estatura. La tez era levemente oscura y llevaba vaqueros azules, mocasines marrones y una camisa blanca. Uno de los hombres cargaba un bolso azul pequeño y una guitarra envuelta en papel de diario. La piba no llevaba nada y siempre caminaba en medio de los dos hombres, los mismos que iban sentados atrás en el auto y que tampoco llevaban nada. Ella caminaba muy erguida y tenía los ojos tristes pero secos como si estuviera muerta.

Los hombres seguían hablando y riendo y ella ahí, entre medio de los dos, en silencio, se veía tan frágil. A mí me daba tanta pena ella que amagué mover la mano en señal de despedida aunque ella no me viera, pero entonces uno de mis compañeros me golpeó y me dijo:

- ¿Qué vas a hacer idiota? ¿No sabés que es una deportada?

Y yo bajé la mano.”

Juan Pérez, ex soldado.
Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.




Los perros de caza aúllan y aúllan durante toda la noche.
Corren desaforados y salvajes tras su presa.
Gritos.
Son animales pero de otra raza: policías.
Me despierto bañada en sudor.



Vivo pendiente del cartero.
Atenta a sus pasos y a su voz.
Día tras día pasa, a veces para en casa, la mayoría no.
Y cuando para, las cartas no son para mí.
Languidezco.


Elly y Vicky intentan contenerme pero no pueden.
No se puede contener al mar.


Vivo con Viky, en el chalet que alquila, en donde ha dispuesto una habitación hermosa para mí. Da al jardín interno, en donde una exhuberante vegetación me hace sentir que estoy en medio de la selva.

Todas las tardes el heladero callejero me atormenta con su musiquita-convoca-clientes. Las madres salen con sus niños a su encuentro, los amigos con sus amigas, sólo yo estoy sola.



Hace calor. Siempre hace calor en esta ciudad. Siempre hay sol.
La naturaleza se manifiesta de forma tan intensa que hiere.
Cuando se siente tanto dolor la belleza de la vida es una agresión.



Todo el mundo ama una montaña llamada Ávila.
Imponente, separa a la ciudad del mar Caribe.
¿No es hermosa? me preguntan todo el tiempo mirándola con orgullo.
Yo vengo de la pampa.
Necesito tener el horizonte frente a mis ojos para sentirme viva.
El Ávila me ahoga.
(....)






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