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Cuando el autor de la Marsellesa estuvo a punto de ser decapitado

Fuente: Sentado frente al Mundo.
12 del 12 de 2012

La (Himno de Francia) como todos sabemos, es uno de los himnos m√°s famosos del mundo. Ubiqu√©monos en 1792. Eran ya algunos meses que la Asamblea Nacional Francesa debat√≠a sobre si deb√≠a o no deb√≠a declarar la guerra a la coalici√≥n de emperadores y reyes. Los girondinos (moderados) insist√≠an en la guerra para mantenerse en el poder. Robespierre y los jacobinos (radicales) luchaban por la paz para que no peligre la asamblea ya que aspiraban a tomar el poder en sus manos. Luis XVI, por su parte, tampoco estaba decidido pero tem√≠a una revoluci√≥n interna. Francia era una olla de presi√≥n, los peri√≥dicos creaban pol√©mica con art√≠culos nacionalistas, se discut√≠a en cada esquina y circulaban los rumores m√°s diversos. Por fin, el 20 de abril, el rey de Francia declar√≥ la guerra al emperador de Austria y al rey de Prusia.

La tensi√≥n dominante en Par√≠s se traslad√≥ a las ciudades fronterizas y en todos los pueblos se fueron alistando voluntarios, se equip√≥ a los guardias nacionales y se acondicionaron las fortalezas. En la provincia de Alsacia la tensi√≥n era mayor porque al ser frontera con Alemania es l√≥gico que all√≠ ser√≠a el primer encuentro, concretamente en la ciudad de Estrasburgo que se encuentra a las orillas del Rin.

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La ma√Īana del 25 de abril de 1792, cuando el correo de Par√≠s oficializa la declaraci√≥n de guerra, en Estrasburgo la gente se vuelca a las calles y plazas. Pasan desfilando marcialmente todas las guarniciones cercanas y sus regimientos. En la Plaza Mayor les espera el alcalde, Dietrich y saluda a los soldados. El alcalde lee la declaraci√≥n de guerra en franc√©s y en alem√°n. Al terminar sus √ļltimas palabras, la multitud se dispersa y vuelve a sus casas con el entusiasmo patri√≥tico propio de tal acontecimiento. En los clubes y en los caf√©s se pronuncian enardecidos discursos. Se reparten proclamas: Aux armes, citoyens! L‚Äôetendard de la guerre est deploy√©! Le signal est donn√©! Y as√≠, por todas partes, en los discursos, en los peri√≥dicos, en las pancartas y en las conversaciones de la gente, se repiten las mismas palabras: Aux armes, cito yens! Qu‚Äôils tremblent donc, les des potes couronn√©es! Marchons, enfants de la libert√©!

El alcalde de Estrasburgo, el bar√≥n Federico Dietrich, acude esa misma tarde a una fiesta p√ļblica. Manda repartir vino y comida a los soldados que marchan al frente. Por la noche re√ļne en su casa a los generales, a los oficiales y a todos los funcionarios, en una fiesta de despedida, en la que con entusiasmo les augura la victoria. Los generales, seguros del triunfo presiden la mesa. Los oficiales j√≥venes, enardecidos agitan en alto los sables, se abrazan, brindan... El vino los impulsa a pronunciar discursos cada vez m√°s fogosos y electrizantes. Y de nuevo asoman las palabras estimulantes de los peri√≥dicos, de las proclamas, de las arengas: ¬ę¬°A las armas, ciudadanos! ¬°Salvemos a la patria! ¬°Adelante! ¬°Qu√© tiemblen los d√©spotas coronados! ¬°Ahora que hemos enarbolado la bandera tricolor de la victoria, ha llegado el momento de pasearla por el mundo! ¬°Todos debemos contribuir a la victoria, por el Rey, por nuestra bandera y por la libertad!¬Ľ. De pronto, entre los brindis y los discursos, el alcalde se dirige a un joven capit√°n de ingenieros llamado Rouget, que est√° sentado a su lado. Justamente se acuerda entonces que este simp√°tico oficial, medio a√Īo antes, a ra√≠z de la promulgaci√≥n de la Constituci√≥n, hab√≠a escrito un bonito poema a la libertad. ¬ŅNo ser√≠a ahora ocasi√≥n, con motivo de la declaraci√≥n de guerra y de la marcha de las tropas, de escribir algo igual? Le pregunt√≥ el alcalde al capit√°n Claude Rouget. El modesto capit√°n, deseoso de complacer al alto funcionario y amigo, se muestra dispuesto a acceder a sus deseos.

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Claude Joseph Rouget

Pas√≥ el 25 de abril. Estamos en el 26. Reina la oscuridad en las casas, pero el bullicio y el jolgorio prosiguen a√ļn en las calles. Dentro de los cuarteles, los soldados se preparan para la marcha. Ya en su casa, inquieto, Rouget se pasea de un lado a otro pensando en c√≥mo empezar la composici√≥n. A√ļn resuenan en sus o√≠dos las frases vibrantes de las proclamas, los discursos, los brindis: Aux armes, citoyens! Marchons, enfants de la libert√©! √Čcrasons la tyrannie! L‚Äô√©tendard de la guerre est deploy√©: Pero tambi√©n recuerda las otras palabras o√≠das por la calle al pasar, las charlas de las tabernas y las voces preocupadas de los labradores, que temen por los campos de Francia, que ser√°n asolados y abandonados con sangre si llegan a ser invadidos. Inconscientemente escribe las primeras l√≠neas, que no son m√°s que un eco, una repetici√≥n de aquellos recuerdos:

Allons, enfants de la patrie,
le jour de gloire est arrivé!

Entonces interrumpe su trabajo. El principio suena bien. Ahora falta dar con el ritmo debido, que la melod√≠a corresponda al texto. Echa mano de su viol√≠n y ensaya en √©l unas notas. Contin√ļa escribiendo apresuradamente, arrastrado ya por la poderosa corriente que le impulsa. En un instante afluyen a su memoria todos los sentimientos desatados en aquella hora decisiva, las palabras o√≠das en el banquete, el odio a los tiranos, los temores por la tierra natal, la fe en la victoria, el amor a la libertad. Claude Rouget no necesita inventar ni discurrir; s√≥lo le falta rimar cuanto ha escuchado aquel d√≠a. Ni necesita componer, s√≥lo recordar. el latido del coraz√≥n de todo un pueblo. Va escribiendo apresuradamente, y siempre con br√≠o e √≠mpetu crecientes, las estrofas, las notas. Tiene dentro de s√≠ la fuerza de un desconocido hurac√°n. Escribe como si un viento impetuoso lo empujara.

Las palabras casualmente escuchadas al pasar entre la gente o casualmente le√≠das en los peri√≥dicos, se convierten en el tema de su creaci√≥n y forman la letra de una estrofa que acompa√Ī√≥ con una sencilla melod√≠a que jam√°s imagin√≥ ser√≠an universales:






Luego escribi√≥ la quinta estrofa, la √ļltima, que, enlazando las palabras con la m√ļsica, constituye el final del impresionante himno.Casi al amanecer Rouget apag√≥ las velas y se ech√≥ a dormir. No sabe que ha compuesto un himno inmortal. Sobre la mesa qued√≥ la obra terminada.

Las ma√Īana del 26 trae el eco de los primeros disparos. Ha empezado la guerra. Rouget se despierta con una fuerte resaca. Sabe que le ha ocurrido algo, pero no se acuerda. De pronto mira sobre la mesa y contempla su obra. ¬ę¬ŅVersos? ¬ŅCu√°ndo escrib√≠ yo estos versos? ¬ŅM√ļsica, y con anotaciones m√≠as? ¬ŅCu√°ndo la compuse? ¬°Ah, s√≠, es la canci√≥n que me encarg√≥ Dietrich, la marcha para los tropas del Rin!¬Ľ Lee sus versos, tararea su melod√≠a, pero, a pesar de todo, no se siente demasiado seguro de su obra.

Con la natural impaciencia de todo autor y satisfecho por haber cumplido tan rápidamente su promesa, se encamina a casa del alcalde, al que encuentra dando su habitual paseo matutino por el jardín.

‚ÄĒ¬ŅYa est√° compuesta? ‚ÄĒse asombra el alcalde al entregarle la obra‚ÄĒ. Pues vamos a ensayar√≠a ahora mismo. Y ambos pasan al sal√≥n de la residencia. Dietrich se sienta al piano para acompa√Īar y Rouget canta. Atra√≠da por la inesperada m√ļsica matinal, entra en la estancia la esposa de Dietrich y promete hacer varias copias de la canci√≥n, e incluso, gracias a su excelente preparaci√≥n musical, procurarle el acompa√Īamiento para que en la tertulia de aquella misma noche pueda ser estrenada. El alcalde, como buen tenor, se encarga de estudiar el himno, y por fin, esa misma noche lo canta por vez primera ante una escogida concurrencia. El auditorio aplaudi√≥ tibiamente por cortes√≠a, y claro, no faltaron las consabidas felicitaciones al autor.

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Estreno del Himno a un muy selecto grupo de amistades del alcalde de Estrasburgo

Lo que pasa es que ¬ęLa Marsellesa¬Ľ no fue compuesta para oyentes que estuvieran tranquilamente sentados, sino para ser coreada por soldados y guerreros. No se compuso para que la cantara una soprano o un tenor, sino una ingente multitud, como marcha, como canto ejemplar de victoria, de muerte, como algo que recordara a la patria, que fuera el himno nacional de un pueblo. Fue el entusiasmo lo que ten√≠a que darle vida, antes de que su melod√≠a llegase al alma de la naci√≥n, que la conocieran las tropas, que la Revoluci√≥n la adoptara como suya.

Como todos, ni el mismo Rouget sab√≠a lo que hab√≠a creado aquella noche. Se alegr√≥, claro est√°, de que los invitados la hubieran aplaudido y le agasajasen como autor. Los siguientes d√≠as se limit√≥ a cantar su himno a sus camaradas en los caf√©s y envi√≥ copias a los generales del Ej√©rcito del Rin. Entre tanto, por orden del alcalde, la banda de m√ļsica de Estrasburgo ensay√≥ ¬ęLa canci√≥n de guerra para el Ej√©rcito del Rin¬Ľ (ese fue su primer nombre), hasta que, cuatro d√≠as m√°s tarde, la interpret√≥ en la Plaza Mayor despidiendo a las tropas.

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Rouget cantando su himno a amigos y conocidos

Para tristeza de Rouget y del alcalde, todo termin√≥ en eso, en un buen momento y nada m√°s. El ef√≠mero √©xito de sal√≥n obtenido por , parec√≠a quedar reducido a eso mismo, al triunfo de una noche, a un acontecimiento provinciano, que pronto ser√≠a olvidado. Sin embargo, una obra de arte puede quedar olvidada cierto tiempo, puede ser prohibida, enterrada, pero lo perdurable siempre acaba por triunfar sobre lo ef√≠mero. Durante un par de meses deja de escucharse la ¬ęCanci√≥n de guerra para el ej√©rcito del Rin¬Ľ y los ejemplares impresos y manuscritos quedaron abandonados o fueron pasando por manos indiferentes.

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Partitura con el nombre original: "Canto de guerra para el ejército del Rin"

El milagro ocurri√≥ en el otro extremo de Francia, en Marsella. Cierta noche el ¬ęClub de los Amigos de la Constituci√≥n¬Ľ daba un banquete de despedida a los voluntarios que se hab√≠an alistado para ir a la guerra. Eran m√°s de quinientos j√≥venes uniformados y todos ten√≠an esa misma fiebre patri√≥tica que tuvieron los de Estrasburgo aquella memorable noche del 25 de abril, pero con m√°s ardor y m√°s apasionamiento, como es propio del car√°cter de los marselleses. De repente, en pleno banquete, un tal Mireur, estudiante de Medicina, levant√≥ su copa. Todos callaron y le miraron, esperando un discurso, una arenga, pero en vez de ello, empieza a entonar una canci√≥n, una nueva canci√≥n, desconocida por todos, que no sab√≠an c√≥mo ni d√≥nde la hab√≠a aprendido: el Allons, enfants de la patrie. Y como si fuera una chispa que prendiera en un polvor√≠n, todos se sintieron embargados por una inenarrable emoci√≥n. Estos quinientos j√≥venes dispuestos a morir por la patria, por la libertad, que deb√≠an marchar al otro d√≠a al frente, encuentran en aquellas palabras sus m√°s √≠ntimos anhelos, sus m√°s determinantes ideas. El ritmo de aquel himno los arrebat√≥ en un entusiasmo sin l√≠mites. Son aclamadas delirantemente una estrofa tras otra. Con las copas en alto cantan todos repetidamente: En la calle, la gente se detiene curiosa para o√≠r aquel himno que se canta con tanto entusiasmo, que acaba prendiendo en ellos tambi√©n, hasta que finalmente unen sus voces al coro de los voluntarios. Al d√≠a siguiente, el himno ya era conocido por miles de franceses.

Los quinientos voluntarios que el 2 de julio fueron a la guerra, llevaron el himno impreso en su mente y en su coraz√≥n. Cuando la marcha los fatigaba, bastaba con que alguno de ellos se ponga a entonar el nuevo himno para que todos marchasen con nuevos br√≠os. En cada pueblo por el que pasaban, los campesinos los escuchan maravillados y coreaban el himno con ellos. ¬ęLa Marsellesa¬Ľ se convirti√≥ en su canci√≥n. Han adoptado aquel himno an√≥nimo que fue creado para el Ej√©rcito del Rin y sin tener siquiera idea de qui√©n es su autor. Lo adoptaron como bandera, como algo propio de su batall√≥n, como una profesi√≥n de fe que los deb√≠a acompa√Īar hasta la muerte.

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El primer √©xito rotundo que tuvo ¬ęLa Marsellesa¬Ľ, porque as√≠ fue bautizado el himno de Rouget, fue el 30 de junio en Par√≠s. El batall√≥n de voluntarios marselleses entraba por los suburbios parisinos, con la bandera desplegada y entonando el himno. Miles de personas que los esperaban en las calles para aplaudirles y rendirles homenaje, quedaron estremecidos cuando escucharon aquel himno acompa√Īado por trompetas y redobles de tambores. ¬ŅQu√© significaba aquel grito de ¬ęAux armes, citoyens¬Ľ? Unas horas m√°s tarde, la canci√≥n de Rouget se escuchaba por todas partes. Se la cantaba en los banquetes, en los teatros, en los clubes. En pocos meses, ¬ęLa Marsellesa¬Ľ se convirti√≥ en la canci√≥n del pueblo y de todo el ej√©rcito. Luego, Servan, el Ministro de Guerra, reconoci√≥ la fuerza t√≥nica y exaltadora de tan extraordinaria canci√≥n de guerra y orden√≥ que se env√≠en cien mil ejemplares a todos los cuarteles generales. Al cabo de pocas noches, ¬ęLa Marsellesa¬Ľ estaba m√°s difundida que todas las obras de Moli√©re y Voltaire.


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No hab√≠a fiesta ni batalla que no empiece o acabe con ¬ęLa Marsellesa¬Ľ, el himno de la libertad. Mientras tanto, en una peque√Īa guarnici√≥n de H√ľningen, Claude Rouget, su creador, se ha olvidado ya del himno que compuso aquella memorable madrugada del 2 de abril de 1792. Cierto d√≠a lee en los peri√≥dicos que hay un nuevo himno llamado ¬ęCanci√≥n de los Marselleses¬Ľ. Ni siquiera se le pasa por la cabeza que aquella pudiera ser su creaci√≥n.

Nadie en Francia sabe qui√©n es el autor, y de hecho, en los miles de ejemplares que se imprimen consta con autor√≠a an√≥nima. Pero lo ir√≥nico de todo esto es que Rouget, su autor, el creador del himno de la Revoluci√≥n no ten√≠a ni le quedaba nada de revolucionario. Los excesos de quienes se arrogaron el poder lo decepcionaron. Cuando en agosto los marselleses y el populacho de Par√≠s, asaltan las Tuller√≠as y hacen abdicar al Rey, Rouget ya est√° harto de tanto horror. Se decepcion√≥ al enterarse que el himno que se utilizaba con violencia y para cometer excesos, fuera el suyo. Eso fue algo que lo deprimi√≥ profundamente y se neg√≥ a prestar juramento a la Rep√ļblica. Prefiri√≥ abandonar su carrera militar antes que servir a los jacobinos.

La amada libertad, lade su himno, no eran palabras huecas para este hombre sincero: lleg√≥ a despreciar a los nuevos tiranos y d√©spotas de la Convenci√≥n igual que a las monarqu√≠as extranjeras. Expres√≥ abiertamente su desprecio al Comit√© de Salud P√ļblica cuando su amigo Dietrich, alcalde de Estrasburgo, el padrino de ¬ęLa Marsellesa¬Ľ; y todos los dem√°s oficiales y arist√≥cratas que fueron sus primeros oyentes, fueron conducidos a la guillotina. Entonces sucede lo inaudito: √©l mismo fue detenido como contrarrevolucionario y procesado. El autor de la Marsellesa es acusado de traidor a la patria y condenado a muerte. Providencialmente y gracias a la apertura de las c√°rceles que se dio en 1794 cuando cay√≥ el R√©gimen del Terror, Rouget salv√≥ su cabeza de la ¬ęnavaja nacional¬Ľ.

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Igual, el destino que la vida le ten√≠a deparado al poeta, no fue nada halagador. Tuvo que arregl√°rselas durante cuarenta a√Īos m√°s en la indigencia ya que fue despojado de su uniforme y de su pensi√≥n. Pas√≥ el resto de su vida entregado a peque√Īos negocios y acosado por sus acreedores.

Lleg√≥ a ver como ¬ęLa Marsellesa¬Ľ irrump√≠a por todos los pa√≠ses europeos con el ej√©rcito victorioso, y tambi√©n c√≥mo Napole√≥n, apenas convertido en emperador, la hizo borrar de todos los programas por considerarla demasiado revolucionaria, siendo los Borbones, por √ļltimo, quienes la prohibieron completamente. Sin embargo, hubo una peque√Īa luz al final de su vida cuando la revoluci√≥n de julio de 1830 hizo resucitar su letra y su melod√≠a en las barricadas de Par√≠s y el rey burgu√©s, Luis Felipe, le otorg√≥ una pensi√≥n como autor de la misma, treinta y ocho a√Īos despu√©s de haberla creado. Le parece un sue√Īo que se acuerden de √©l, y cuando, a la edad de setenta y seis a√Īos, fallece en Choisy-le-Roi en 1836, ya nadie lo nombra ni conoce su nombre. Tiene que pasar de nuevo toda una generaci√≥n para que se desencadene la Primera Guerra Mundial, y entonces, cuando ¬ęLa Marsellesa¬Ľ era ya el himno nacional de Francia, se ordena que el cad√°ver del desconocido capit√°n Rouget sea exhumado y enterrado nuevamente en la Catedral de los Inv√°lidos. Triste final del olvidado autor de un himno inmortal, que no pas√≥ de haber sido s√≥lo el poeta de una noche.

Fuentes y referencias:
1, 2, 3, 4
Libro: Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig

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