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ARQUÍMEDES, el Principio y el Final...

Fuente: Cuenta Conmigo....
23 del 5 de 2012


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Arquímedes no tenía la menor idea de porqué se llamaba así. En realidad había sido su padre el de la ocurrencia y seguro que él tampoco lo había sabido. 
O sí.
Y tal vez  lo sabía porque lo había escuchado en algún lado. O quizás, porque deseaba que fuera la primera y la última burla que le haría a su hijo, antes de desaparecer de su vida para siempre.
Pero lo cierto era que, por el motivo que fuera, se llamaba Arquímedes.
Arquímedes.
Nombre rimbombante que nadie recordaba y que había sido suplantado por un simple Bocha.
Sí, Bocha. 
Como esas pelotas redondas, grandes y negras que usan los viejos para jugar en las plazas y que eran una réplica exacta de su cabeza. Una cabeza redonda, grande y negra. Sobre todo negra. Cada vez más negra. Negrísima de tanta intemperie y tanta mugre. Diez años de intemperie y mugre.
Sobre todo intemperie. Cercana o lejana. Ahí, acá, allá. Dónde la hubiera. En los umbrales, en los cordones, en las cocheras.
Pero eso sí, siempre cerca del suelo. Donde vive la mugre,  donde se apelmaza, dónde se hace dueña y señora. Allí. Allí mismo. Intemperie y mugre.
Que, entonces, son la misma cosa...

El Bocha.
O Arquímedes. 

Como el del principio. El de Arquímedes, digo. Ése que explica que todo cuerpo sumergido en un líquido recibe un empuje de abajo hacia arriba, igual al peso del volumen del líquido desalojado.
Recibe un empuje. Sí.
Y aquí coinciden.
Porque empuje es el que recibe el Bocha cuando se aspira la bolsita o se manda un nevadito. Efímeros y fugaces empujes, que lo sacan de una realidad tortuosa y lo traen de vuelta en medio de un vómito que le desgarra el alma. El alma, porque el estómago ya lo tiene desgarrado. Desgarrado y hambriento.
Aunque a decir verdad, el estómago está tan desgarrado y hambriento como el alma... Así que, sería lo mismo...
El estómago y el alma, digo...

Pero lo que no sería lo mismo es el sentido. De abajo hacia arriba, dice el principio. Al empuje, me refiero. De abajo hacia arriba.
Y eso sí que no es así.
Porque el empuje del Bocha nunca es hacia arriba. Siempre es hacia abajo. Bien abajo. Al fondo casi. Tan al fondo que a veces parece sin fondo. Cerca de la mugre. Una mugre que pesa. Que abraza y arrastra bien, bien hasta el fondo.
Y vuelta a coincidir con Arquímedes.
El otro. El del principio.
Ése que explica que si el peso es mayor que el empuje, el cuerpo se hunde. Hasta abajo.
Bien abajo. Dónde debe estar. Dónde corresponde.
Dónde no se ve.
Mezclado y apelmazado con la mugre que se hace dueña de la intemperie. Acá, allá, ahí. Dónde sea. Dónde está el Bocha.
Y Arquímedes.
Éste Arquímedes.  El del empuje invertido. El que se queda en el fondo porque pesa.

Y recién hoy lo aprendí. Al principio, digo. Lo aprendí bien. Cómo debes ser. Con el sentido correcto y el empuje mayor que el peso.
¡Eureka! Dije. Igual que Arquímedes. Él primero.
Lo encontré, sería.
Lo descubrí.
Porque lo vi, hoy.  Al Bocha, digo.
Mezclado con la mugre apelmazada en el fondo. Desgarrado. Hambriento. Esperando el empuje. Un empuje.
Distinto. Inverso. Opuesto.
Ése, que lo llevara hacia arriba. Bien arriba.
Tan arriba como fuera posible.

Y ya no pude ignorar más.

Atravesé mi propia mugre. Deseché mi propio vómito. Y extendí la mano para que, de una vez por todas, Arquímedes, ambos, los dos, lograran que el principio tuviera sentido.
El mismo.
El único...


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