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EL VIAJE EN CAMIÓN - Juan Carlos Moisés

Fuente: Francisco Madariaga Blog - Rincón del Infinito.
18 del 12 de 2009



(imagen)
-¡Eh, eh! ¿Nos lleva?
El que maneja aprueba con un gesto y trepamos a la caja antes de que se arrepienta. Por poco no caemos encima de otros que duermen contra la baranda, bajo un toldo. No saludan cuando caemos irrumpiendo como bultos en las tablas de madera. Nos quedamos inmóviles, de pie, y callamos. El viaje es en la cima con el viento en la cara, hasta lagrimear. Seguimos un camino prestado, el de los que viajan a dedo sin un peso en el bolsillo. Digo algo del aire frío y de la suerte que haya pasado por la ruta este camión destartala­do, después de haber esperado un día entero en el medio del camino sin poder avanzar, sin poder retroceder. Los desconocidos son tres, como nosotros, y ninguno dice nada, como si no me hubieran oído o como si no quisieran oírme. Una lona suspendida sobre la baranda los cubre y bajo esa sombra sus rostros se desdibujan. Están agazapados en la caja y parecen no tener nada que decir. Ni se inmutan. Nada. Vamos, si es que vamos, al próximo pueblo, hasta donde sea capaz de llevarnos el camión, o ese chofer con cara de entusiasmo que cree en el camión como si creyera en sí mismo. Nuestra idea es visitar los paisajes de la cordillera. Pero no sabemos hasta dónde va el camión, ni preguntamos. Así que vamos en estos caminos de precordillera, entre el alivio de estar en movimiento y la incertidumbre de no saber la dirección que llevamos. Mientras tanto, nada que oír, nada que decir. Por las dudas, mejor que no lo digamos. Masticamos el polvo que se levan­ta del camino; será por eso que ellos no abren la boca. Uno me mira feo, no duerme bajo el poncho como los otros. Ni el traqueteo lo desacomoda, encajado entre la baranda y los cuer­pos pesados de sueño de sus dos compañeros. ¿Habla? No habla. Ni nosotros hablamos. Los desconocidos nos han sacado las ganas de hablar. ¿Y los que van en la cabina? Ni tiempo tuvimos de verles las caras. En el medio, nosotros. ¿Es a lo que se le llama estar en el medio de la nada? En medio de algo debemos de estar. Algo, sin embargo, sabemos: que estamos en este camión, que acaso sea ninguna parte. En términos de realidad parece un camión, y acaso lo sea. Como si hubiéramos caído del cielo, literalmente. O como si anduviéramos buscando problemas donde no nos llamaron. Pero también sabemos que por fin estamos en movimiento. Recorremos kilómetros, leguas de picada, tapados de tierra, con los ojos chiquitos, los pliegues blancos bajo los párpados. Es todo lo que sabemos. Ni siquiera sabemos quién nos lleva ni quiénes nos acompañan. Y aunque quisiéramos parar el camión, no nos oirían, ni golpeando el techo de la cabina. Mientra­s tanto, ¿alguno habla? Ninguno habla. ¿Qué pensarán de nosotros? ¿Que somos presa fácil para sus averías? Me tiraría del camión si no fuera por el cansancio. No tengo fuerzas ni para subir a la baranda y tirarme desde lo alto. Si mis compañeros supieran de mis pensamientos se reirían. Pero nadie ríe. No ríen los desconocidos, no reímos nosotros. Ni para adentro río. Mejor será, por ahora, seguir en el camino, que es una serpen­tina sin fin. En el sube y baja de la ruta aparecemos y desaparecemos, loma tras loma. A los costados vemos las matas bajas, los peladeros, y a lo lejos avistamos los picos nevados de la cordillera inalcanzable. Miro a mis dos compañeros para leer en sus ojos alguna frase que me alerte o me desengañe, pero ellos están como yo, buscando en nuestros ojos la misma respuesta imposible. En cada bajada, el camión, sin cambio, se deja llevar por el envión. El corazón se nos sube a la boca y se nos confunde la agitación con el miedo. Así son las cosas en este camino perdido. Ni que nos lo hubieran contado y fuéramos parte del relato.
¿Y? ¿Hab­la?, me pregunto una vez más. No. Nadie habla. Creo que no hablarán nunca. Lo único que pedimos es que el camión se detenga alguna vez, en algún pueblo, en algún paraje. ¿Pero si uno de ellos habla? Que hable de una vez. Pero no, no habla. Como para pedirle que lo haga. Nuestra ansiedad se debe ver desde lejos. Hasta yo me reiría de nosotros, si fuera otro y me viera desde afuera, digamos. Pienso en el cuchillito, que está en la mochila. A mano tengo apenas los puchos y unos caramelos, que están en el fondo del bolsillo de la campera. Hacernos los dormidos no resultaría, se darían cuenta. Hablarles, por la atribución, los enojaría. ¿Y cómo hablarles, en todo caso, de qué manera, con qué palabras? ¿Cómo se habla en estos casos? Debería hablar uno de ellos, para después seguirla nosotros. Debería hablar uno de ellos, sobre todo, para no seguir con esta cosa que carcome. Que hable, pienso, que diga algo aunque sea para amedrentarnos, que ya bastante nos amedrentan sus bocas cerrados. ¿Hablarán algún día?, nos preguntamos con los ojos. Tal vez han hablado y no supimos escucharlos. Tal vez somos nosotros los culpables del silencio y no nos lo han perdonado. ¿Hablan, hablan? Sí, final­m­ente, de p­ronto, irrum­piendo, uno de ellos, el de ojos más avispad­os, habla.
-¿Lo conocen? –dice.
Señala al de sombrero. Miramos al que habla y miramos al de sombrero. No decimos nada. Se ha despertado de golpe, o eso parece. Saltamos en la caja por el traqueteo. Y éste parece ni darse cuenta. Sólo habla. La voz le sale gritada, por el viento.
-Es Madariaga. El Bandido Madariaga.
-¡Ahá! -decimos nosotros, apenas, y callamos.
-Dos muertes. Dos. El Bandido.
-Dos -dice el de al lado, también despierto, y se santigua mordiéndose el pulgar cuando termina.
-¡Ahá! -volvemos a decir.
Nos contagiamos los temblores, como si los próximos en la cuenta fuéramos nosotros, pero fingimos que nada está ocurriendo. Ahora sí que me dan ganas de saltar del camión en movim­ien­to. Si se despie­rta Madariaga seguro que pela el facón y final del viaje para nosotros. En ese caso, no creo que el camión necesite llevarnos al cielo; no llegaría, por otra parte, con esta pachorra. Le faltaría envión, aunque fe tal vez le sobre, por el modo en que venimos trepando las cuestas empinadas. Y se despierta nomás el Bandido, de improviso, como sabiendo nuestros pensamientos. Con una leve inclinación de la cabeza, para la oreja. Y nos mira. Creo que nos ha estado oyendo y mirando desde el principio. Alrededor de los ojos se ve la piel como si se los hubiera lavado. Hasta ahí no llegó la tierra del camino. La voz le sale llena, segura. Dice:
-Poeta. Poeta Madariaga. Así es como quiero que me conoz­can. Poeta Madariaga. ¿Estamos?
Movemos la cabeza, y no podemos saber si lo notó. Mete la mano en su cintura y saca un cuchillo. Es de hoja corta y el cabo se pierde en su mano huesuda. Lo levanta y lo clava, seco, en la tabla de la caja, donde queda cimbrando como un hombre de pie. Parece que hasta el cuchillo nos mira. Pero no miro el cuchillo mientras Madariaga nos mira.
-En esta vida hay que hacerse respetar –dice el poeta Madariaga.
Y le echa una mirada al otro, que de nuevo está dormido, o se hace.



Fuente: http://proyectobibliotecapatagonica.blogspot.com/2008/12/moiss-juan-carlos.html

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