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"Niebla” de Miguel de Unamuno Y Salamanca

Fuente: Historias del cuarto de atrás.
6 del 12 de 2012

Miguel de Unamuno sitúa su novela en una capital de provincias sin nombre que podría ser Salamanca.


cuenta la historia de Augusto Pérez. Un hombre que tras perder recientemente a su madre cree descubrir el sentido de la vida en los enamoramientos impulsivos, compulsivos, superficiales, egoístas y con ramalazo machista que experimenta.

Lo que Augusto espera de la mujer objeto de sus deseos es ni más ni menos que la salvación. Espera que le rescate de la niebla de aburrimiento cotidiano que cubre sus días. Espera que ejerza de madre para ayudarle a escapar de los neblinosos mundos adultos y recuperar la soleada infancia. Espera que disuelva la neblinosa farsa del personaje que más o menos todos representamos para los demás, consiguiendo hacerle sentir su yo real. Y espera, en fin, que mitigue el sufrimiento del neblinoso final mortal que nos aguarda a todos…

¿Y dónde busca Augusto Pérez a esa especie de mujer-remedio, mujer-curalotodo, mujer-milagro?

Algunos afirman que en Salamanca. Y lo fundamentan en que a lo largo de la novela Augusto entra en la iglesia de san Martín, juega al ajedrez en el Casino, y oxigena su niebla interior en el paseo de la Alameda, que tanto recuerda al paseo de la Alamedilla salmantino.

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Los detractores de esta opinión esgrimen el capitulo XXXI, en el que Augusto, presa de gran desesperación por los devenires de la novela, decide ir a hablar con un escritor de nombre Miguel de Unamuno. Y para hablar con él Augusto toma un tren a Salamanca. En principio, es de cajón que si Augusto tiene que coger un tren para venir Salamanca, la ciudad de provincias en la que vive no puede ser Salamanca.

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Pero esta teoría tiene un gran inconveniente: el trayecto en tren que realiza Augusto es sospechosamente corto. Terminada la conversación con Unamuno, Augusto parte de Salamanca siendo ya de noche y llega a su destino a la hora de cenar.

Trenes de tan alta velocidad no los ha conocido la estación salmantina en los tiempos actuales, y menos todavía en los de Unamuno.

Para documentar un poco esta afirmación se pude acudir al contexto ferroviario de la época. En 1899 el viaje de Plasencia a Salamanca duraba seis horas. De Zamora a Salamanca había unas tres horas. A finales del siglo XIX, Pedro Antonio de Alarcón vino a pasar dos días en Salamanca, y según estimaciones suyas tardó en llegar desde Medina del Campo a Salamanca unas cuatro horas y media. En folletos de 1917 viene fijada la duración del viaje Salamanca-Medina del Campo en cinco horas. ( se publicó en 1914)

El brevísimo viaje de Augusto significa que la capital de provincias en la que vive el personaje está muy próxima a Salamanca. Tan próxima como para que Augusto inicie de noche el viaje de vuelta y aún así llegue a su casa a la hora de cenar. Tan cerca está la ciudad de Augusto de la Salamanca de Unamuno, que es imposible que la ciudad de Augusto pueda ser otra que no sea la misma Salamanca.

El tren que coge Augusto le lleva fuera de la novela para hablar con el autor que la está escribiendo. El recorrido de ese tren discurre por la delgada línea que separa la realidad de la ficción. El tren que toma Augusto le lleva de la Salamanca ficticia de un personaje de novela a la Salamanca real de Miguel de Unamuno. Si es que existe una Salamanca completamente real, que a lo mejor no. Porque Salamanca cargada de historias y leyendas es otro ente de ficción como los que pueblan las novelas de Unamuno.

son por tanto salmantinos.

Al , paseo de la Alameda en la novela, acude Augusto para soñar, para deleitarse con el piar de los pájaros en sus ilusiones románticas. Para celebrar que sus sentimientos amorosos dotan de sentido a su vida. También acude allí para esperanzarse y convencerse de que superará a su rival y conseguirá a su amada. O amadas, porque a Augusto, según el día, tanto le da una mujer que otra.


Es allí, en la Alamedilla, donde se produce el encuentro entre Augusto y Orfeo, un perro filósofo. Augusto se lo lleva a casa y comienza entre ambos una bonita relación en la que Augusto habla, se desahoga y Orfeo escucha y lo que piensa lo piensa para sí. Una relación que Augusto califica de perfecta. Y es que Augusto no se da cuenta (Miguel de Unamuno sí) de que lo que de verdad está buscando se parece más a un perro que a una mujer.


De hecho la novela comienza con Augusto saliendo a pasear, y sin saber hacia dónde caminar decide esperar a que pase un perro para seguirlo, pero a quien acaba siguiendo es a una mujer…


En el Augusto juega al ajedrez con su amigo Víctor, y entre los dos desgranan teorías sobre la mujer que atufan a machismo.

Hay que decir que los tipos masculinos que Unamuno describe en la novela son machistas. O lo que es lo mismo “brutos” en terminología unamuniana:
Pero los tipos femeninos de la novela no son mejores que los masculinos. Y de hecho la liberación de la que hace gala el personaje femenino más libre de la novela no consiste en nada más que en darle la vuelta a la dominación masculina, y ser ella la que controle y someta al hombre:
La relación entre mujeres y hombres parece estar fundada en la dominación: “mío, mío”, la dependencia.

Si la Alamedilla sirve de escenario a dulces fantasías acerca de las virtudes del amor, el Casino sirve de marco a teorías e historias que desmitifican el amor. En el Casino se cuentan historias de amores de conveniencia y también de amores por despecho que a su modo son también de conveniencia.

La visión idílica del amor salvador, frente a la desmitificadora del amor dependiente, dominador, y por conveniencia.


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Es  en el Casino donde Augusto empieza a intuir que en el amor no es precisamente oro todo lo que reluce:

El inevitable choque de los sueños románticos a la sombra de los árboles de la Alamedilla contra la desmitificación del amor perpetrada en el casino trae una consecuencia: la decepción desesperada del protagonista.

La decepción de Augusto encuentra cobijo en una iglesia. La de .


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Cuando Augusto no está en el Casino o en la Alamedilla o en su casa, está callejeando sin rumbo. Es Augusto un personaje callejero. responde a las características plasmadas en la novela. Un racimo de calles por el que se puede vagabundear sin alejarse prácticamente nada de los destinos cotidianos de otros días. Augusto callejea en dirección opuesta al Casino y sin embargo no tarda en encontrarse por la calle a Víctor, su compañero de correrías del Casino. Es lo que tienen las ciudades pequeñas.

Y a lo mejor por ser una ciudad pequeña, donde todo y todos están tan cerca, se acentúa la sensación de desconexión, de aislamiento:
Y así el que más y el que menos, con el alma envuelta cada uno en nuestra tela misteriosa, tenemos días en que caminamos como sonámbulos, como fantasmas por la Salamanca de Augusto Pérez, la Salamanca de sa gran novela de Miguel de Unamuno.

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