ahorro

Gustave Doré y la Salamanca de finales del siglo XlX

Fuente: Historias del cuarto de atrás.
6 del 12 de 2012

Un día soleado de finales del siglo XIX, Gustave Doré, el ilustrador más conocido de la historia de la ilustración, toma asiento a orillas del Tormes.

(imagen)

Doré, recién entrado en la treintena,

Davillier es un hispanista que ya ha viajado alguna vez a España, y del que se dice que tuvo un profundo conocimiento de nuestra cultura e idioma.

Lo que Doré y Davillier se han propuesto es dar una . La revista se interesa por su proyecto, y publica lo que Doré y Davillier le van enviando.

Todos esos artículos se reunirán después en un único volumen que se publicará en 1874 con el título . (Una traducción inglesa del original francés puede consultarse aquí).

Da la impresión de que español. Aunque a lo mejor eso tampoco es malo porque un país sin tópicos potentes en el fondo es un país sin personalidad.

Días después de su llegada a la ciudad envían su artículo a la revista Y lo que se desprende del artículo es que ni a Doré ni a Davillier les gustó mucho Salamanca.

A lo mejor porque que les recibe es y pobre. Llena de destruidos en la guerra de la Independencia. Salpicada de de puro modestas. Con calles que la lluvia transforma en Con una economía (no mucho peor que la de ahora) sin industria ni comercio, que se ha nutrido del glorioso pasado universitario, y que malvive ahora de un ruinoso presente con el

Ante semejante espectáculo no es extraño que Davillier comience su artículo desmitificando los versos de sobre Salamanca:
Víctor Hugo debió de dejarse llevar por el romanticismo de nuestros monumentos en ruinas, por el sonido de las mandolinas, y por la despreocupación siempre chillona de la estudiantina de Salamanca. Pero ni a Davillier, ni tampoco a Doré les parece que Salamanca sonría mucho en medio de la pobreza ruinosa que la invade.
 
habla mucho de refranes, de chascarrillos sobre los charros, cuenta algún chiste universitario, y apenas habla de la ciudad. Hace unas brevísimas menciones a la Catedral, al puente Romano, a la Plaza Mayor, y a la Casa de las Conchas, sin decir de ellas nada que no sea lo tópico: que si estilo gótico, que si curiosa decoración de conchas, y que si en la Plaza Mayor de vez en cuando se celebran corridas de toros y olé. (el <<olé>> es añadido mío, no es cosa de Davillier).
 
Un y en el que su autor, con la emotividad de un notario, nos deja constancia de que no es tan cierto que Salamanca enhechice con sus encantos a todos los viajeros.
 
. Ha encontrado un buen sitio a la sombra de unos chopos. Frente a él se alza la Catedral. Un Tormes caudaloso espumea cristalino bajo los arcos romanos del puente. Un grupo de hombres descansa a la orilla, unos metros más allá de Doré. Aunque no puede entender lo que dicen, Doré escucha sus voces y risotadas, y durante un momento les observa.  Ellos también le miran. Puede que incluso alguno de esos hombres le conozca porque su hermana, o su novia, o su madre lave la ropa en la casa donde los franceses se hospedan; es lo normal en las ciudades pequeñas. Quizá las risotadas del grupo de charros aplauden algún chascarrillo malicioso contra los franceses; es todavía pronto para perdonar la invasión francesa. Doré se desentiende del grupo de hombres y durante un momento fija su atención en unos caballos que chapotean en el agua. Contempla las torres salmantinas, respira con profundidad, y cierra su cuaderno de dibujo.

(imagen)
El resultado es  que Doré sabía utilizar espectacularmente. , situada casi en paralelo al puente. Quizá podríamos interpretar que se ha vuelto a mirar a las personas que descansan a la orilla del río, pero la interpretación es un poco forzada porque no encaja mucho con el ambiente circundante .


Comparando esta ilustración con otras obras de Doré la verdad es que es inevitable preguntarse:

Las dudas se acrecientan al leer este blog acerca de las andaduras españolas de Doré y Davillier. Aquí se deja constancia de un estudio que realizó sobre la obra de Gustave Doré, y donde se afirma:
En cualquier caso, fuera el dibujo obra de un desmotivado Doré o de algún colaborador anónimo, Salamanca no hizo vibrar el espíritu indudablemente artístico del gran Doré. Lo que supone una cura de humildad, por no decir todo un sopapo, para los charros que andamos presumiendo de ciudad ante el primer foráneo que se nos pone a tiro.

Y es que Salamanca enhechiza, sí. Pero no a todos. Y es preciosa, sí. Pero el planeta Tierra es grande, y muchas otras ciudades son también preciosas.

(imagen)

Loading...