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Bientôt l’été

Fuente: El Pixel Ilustre.
26 del 3 de 2013

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, como el resto de productos de Tale of Tales*, no es tanto un videojuego como una experiencia interactiva que pide al sujeto de pruebas (en otras ocasiones conocido como jugador) que participe de un peculiar experimento. Con esto quiero dejar claro desde el principio que no se ciñe en ningún momento a los mandamientos más tradicionales del videojuego, como puedan ser proporcionar diversión directa o indirecta a través de una mecánica predeterminada. En su lugar utiliza el ratón y el teclado a modo de conductor entre autor y receptor para transmitir una experiencia que, profundidad al margen, logra su cometido: hacer reflexionar de forma saludable al pobre incauto que se ha puesto delante de un monitor a jugar a un “videojuego” de Tale of Tales. ¡Que ya hay que ser incauto!

Como experimento que es, está sujeto a muchas interpretaciones, y mucho me temo que pocas o ninguna estarán equivocadas si tienen detrás la argumentación necesaria. En mi caso, tras una hora escasa de paseos por la orilla del mar, una docena de copas de vino y otros tantos cigarros, y demasiadas partidas de ajedrez frustradas, llegué a la conclusión de que eso tan bonito que llevaba viendo desde hacía ya un buen rato era poco más que una alegoría sobre las relaciones humanas. Me explico.

En lo único que se puede hacer es pasear en soledad por la orilla de una bonita playa viendo la espuma de las olas y las gaviotas, y entrar en un edificio para jugar una partida de ajedrez con un completo desconocido. Este completo desconocido idealmente debería ser una persona, pero puesto que los servidores del “juego” fallan más que una escopeta de caña, normalmente nos las veremos con una inteligencia artificial sorprendentemente efectiva. Al fin y al cabo, esta inteligencia artificial en realidad no tiene como objetivo jugar al ajedrez, sino entablar una conversación.

El acto de colocar una pieza de ajedrez sobre el tablero, en , no tendrá una respuesta lógica que siga una serie de reglas preestablecidas, como ocurre normalmente cuando movemos una alfil en diagonal. En su lugar, al colocar cualquier pieza en cualquier parte del tablero, crearemos una frase con la que nuestro avatar se comunicará con su oponente. Y este, claro, podrá responder de la misma forma. Así será posible estar intercambiando oraciones con más o menos sentido hasta que, o bien nos quedemos sin ellas, momento en el que podremos sencillamente ponernos a beber y fumar; o bien nos hartemos y nos vayamos.

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El problema, entre comillas, es que para poder utilizar estas piezas de ajedrez cargadas de prosa, es necesario adquirirlas primero. ¿Y cómo se adquieren? Saliendo del edificio, volviendo a la playa y mirando. Y mirando, cada vez que salimos encontramos. Las piezas, de hecho, aparecen precedidas de un acontecimiento único y especial como pueda ser la visión de un arco iris, de una grúa, un campo de trigo, o una pirámide de carbón. El acontecimiento en cuestión, de hecho, es lo de menos. Lo de más es que esa experiencia única nos abrirá nuevas vías de comunicación representadas por una nueva pieza de ajedrez que añadiremos a la colección.

Llegados a este punto se me antoja hasta cierto punto lógico pensar que esas partidas de ajedrez en las que nuestro avatar termina bebiendo y fumando demasiado no son más que relaciones, que la soledad de la playa es el hiato entre estas, y que las piezas de ajedrez representan las experiencias obtenidas durante la vida. Es decir: estamos solos (en la playa), experimentamos (cogemos piezas de ajedrez), nos relacionamos (jugamos al ajedrez), la relación termina antes o después (dependiendo de las piezas que tengamos), salimos de la relación (volvemos a la playa)… y volvemos a empezar. Y así hasta el infinito. Hasta que morimos. Hasta que nos hartamos de ser una vil criatura social y nos convertimos en ermitaño, o hasta que cerramos el juego.

Esta forma de ver la experiencia de , además, explica por qué en ocasiones no podemos expresar lo que queremos a la persona o personas con las que nos estamos relacionando: porque no hemos recogido la pieza de ajedrez correspondiente. Es frustrante, pero tanto en la vida real como en el “juego”, el ser humano está limitado a las palabras a las que está limitado. Y en más de una ocasión, muy a nuestro pesar, no nos permitirán expresarnos. Y en más de una ocasión, este no poder expresarnos, terminará una partida de ajedrez.

Otra interpretación, tan válida (y posiblemente más que la mía) es la de la persona con la que intenté compartir la experiencia de . Por desgracia no pudimos hacerlo porque, como digo, los servidores del juego funcionan así como regular. Pero eso no impidió que ambos abandonásemos la partida con nuestras propias conclusiones. Su visión de lo que ocurre en la playa de tiene que ver con la teatralidad del amor, con las palabras como préstamos que nos acercan a la humanidad pero no nos pueden pertenecer, y con la naturaleza intrínsecamente solitaria del ser, que necesita el “yo” antes de formar el “nosotros”.

Yo ni compro ni dejo de comprar ninguna interpretación, pero sí aseguro que un experimento que te intenta hacer reflexionar y lo consigue, al menos se merece los dos euros y medio por los que se puede comprar ahora mismo en Steam. O también podéis usar ese dinero para comprar una buena cerveza, que aunque os hará reflexionar menos os refrescará más.

* En El Pixel Ilustre, NecroDomo le dedicó un estupendo monográfico en dos partes a Tale of Tales: 1 y 2

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